
Siempre he pensado que sale muy barato invitarme a copas porque no suelo beber nada. Las inexistentes pocas veces que salimos de noche mi marido y yo, acostumbro a tomarme sólo un refresco, o si tengo el día muy loco, un cubata de ron como muchísimo. Y la mayoría de las veces ni siquiera consigo acabarlo. No es que considere que tenga mérito eso de ser tan poco aficionada al alcohol, no es ningún super poder como ver a través de las paredes o llegar a fin de mes. Tampoco es el postureo típico de los que te dicen "Yo no bebo nada de alcohol" y luego te los encuentras cantando el Asturias, Patria querida a la vuelta de la esquina. Sencillamente, yo bebo líquido sólo si tengo sed, y si cuando tengo sed me bebiera una bebida alcohólica como si fuera agua, ello, unido a que tengo un hígado de mierda perezoso que no metaboliza nada el alcohol, haría que la realidad comenzara a ponerse borrosa demasiado pronto para mí. Por eso es un hecho que nunca me compensa lo de "pagamos cada uno una ronda!". Yo siempre acabo palmando pasta: las tres cocacolas que me tomo me salen a millón.